¿De qué hablamos cuando hablamos de guerra?


I

La palabra guerra se ha vuelto un concepto vacío. Por mucho tiempo, la guerra representó un conjunto más o menos homogéneo de elementos: naciones o comunidades enfrentaban a sus ejércitos en el campo de batalla en nombre de alguna causa o interés, ya sea político, económico, religioso o cultural. Estos elementos constituyen el imaginario común sobre la guerra, sin embargo, resultan insuficientes para caracterizar la violencia y el sufrimiento que atraviesan el mundo y la humanidad en la actualidad.

A lo que voy es, ¿de qué sirve hablar de “guerra” cuando de lo que queremos hablar es del sufrimiento humano? La guerra es un concepto del que se han apropiado las instituciones. Primero las militares, luego las estatales, científicas, económicas y políticas. Al hacer esto, la guerra se dio por hecho, se convirtió en un objeto que nos rebasa y que es casi imposible detener porque se encuentra escondido en las mismas estructuras de la sociedad y en la profundidad de nuestros instintos. 

Esta noción institucionalizada de la guerra es la que fundamenta ideas como “el derecho a la guerra”, “el arte de la guerra” o los “crímenes de guerra”, como si la guerra no fuera siempre un crimen y una lógica jurídica diferente aplicara cuando las muertes rebasan tal número. Esta forma de pensar es la que sostienen algunos investigadores, donde la guerra se define como un “conflicto armado de alta intensidad en el que hay más 1000 muertos en un año”.

El problema de estas definiciones técnicas y funcionales es que encubren el sufrimiento humano detrás. ¿Qué diferencia habría entre la muerte de 1000 o 999 personas en un año o en un periodo menor? En algunos casos, la muerte de 1000 personas podría significar la desaparición de una comunidad entera, su lengua y sus costumbres. Entonces ¿cómo es posible concebir la guerra en relación a una medida cuantitativa que no refleja el impacto cualitativo que tiene el horror de la muerte sobre las personas y la sociedad? 

Otro problema de las definiciones institucionales de guerra es que parten de un enfoque técnico sobre cómo se vienen desarrollando las guerras o los conflictos armados. El mismo término “conflicto armado” señala la crisis de representación por la que pasa el concepto de “guerra”, el cual ya no sirve para representar la magnitud ni la variedad de los diferentes escenarios violentos que presenciamos. Términos como “guerra de guerrillas”, “terrorismo”, “crimen organizado” y “genocidio” son otras expresiones que dan cuenta de lo anterior. Se han vuelto parte del discurso popular en tanto que ya no es posible hablar de guerra. El problema de estas definiciones no es que sean ambiguas o políticamente manipulables (como la designación de grupos terroristas para implementar agendas políticas), sino que ninguna se centra en lo verdaderamente importante del conflicto: el sufrimiento humano.

De las anteriores, la palabra genocidio parece diferenciarse un poco de las demás. A diferencia de “terrorismo”, “invasión” y “crimen organizado”, genocidio tiene la cualidad de representar el conflicto como un esfuerzo explícito de acabar con vidas humanas. En este sentido, consigue llevar nuestra atención hacia el problema del sufrimiento humano más que las demás. El detalle es que genocidio todavía representa la acción unilateralmente, es decir, la idea de que una comunidad lleva a cabo un genocidio sobre otra. En esta palabra, el sufrimiento se revela como una sombra, proyectada por la primacía que todavía mantiene el énfasis en el conflicto o la contienda. Pero en un genocidio no hay contienda, es un abuso unilateral, como lo son la tortura o la violación, es un sometimiento colectivo y absoluto al poder y voluntad de otro. 

II

Escribo este texto pensando en lo que sucede en México, Palestina y Ucrania, aunque sé que el problema del sufrimiento y la violencia no se limita a estos escenarios. Escribo pensando en posibles soluciones, soluciones que, a mi parecer, requieren primero un cambio en la forma de pensar y representar la realidad. En un sentido técnico, administrativo y funcional, donde hablar de guerra todavía es válido, lo que sucede en México, Palestina y Ucrania se diferencia por cuestiones absurdas y superficiales, aspectos que permiten etiquetar a uno como “guerra contra el crimen organizado” y a los otros como “genocidio” o “invasión”.

No es que las diferencias no sean reales, pero, ¿en qué medida nos impiden hablar de algo que es lo mismo, pero no es igual? Prestarle demasiada atención a los armamentos, la organización y fines políticos de cada bando, o las estrategias y técnicas que usan, termina por distraernos del problema central: las vidas humanas. No cabe duda de que los horrores por los que pasa una familia en Gaza y una en Michoacán o Jalisco son experimentados de forma diferente, sin embargo, ¿podríamos decir que esa diferencia radica en si el armamento viene de Estados Unidos o de Rusia?, ¿en si las causas del conflicto pueden interpretarse como económicas, políticas, culturales o religiosas? La mayoría de las explicaciones de la guerra comparten un síntoma, y es que se articulan desde la perspectiva del opresor, por lo que pueden justificarse de muchas formas, partiendo, como un razonamiento-paraguas, de arriba hacia abajo. Si en la punta está la mentada Seguridad Nacional, las bombas que escurren por los bordes del razonamiento no repararán en las millones de vidas humanas que sufren y caen alrededor de quienes se protegen de la lluvia. 

La diferencia entre los conflictos actuales y las guerras tradicionales puede interpretarse como una diversificación de los medios de producción del sufrimiento humano, lo que a su vez deriva de la diversificación más general del trabajo y del desarrollo histórico del capitalismo. Este último es inseparable de la opresión, como deja ver la compleja cadena de producción que constituye la industria del sufrimiento y la violencia, sobre la cual se sostienen los diferentes aparatos militares y estatales. La lucha por la paz, aunque sea en concepto, forma parte de un compromiso por dejar atrás el capitalismo y, con él, a la industria productora del sufrimiento y la violencia, así como a las formaciones estatales que, en nombre de la paz, practican la guerra.

Todos y cada uno de los elementos que constituyen la guerra o las expresiones de violencia y sufrimiento actuales son el producto de acciones y decisiones humanas. Como pudimos ver en la película de Christopher Nolan, Oppenheimer (2023), incluso un hecho como dejar caer una bomba atómica sobre una ciudad indefensa es el producto de un grupo de personas caprichosas que toman una decisión de acuerdo a sus razonamientos retorcidos y alucinaciones. ¿Qué lugar ocupa la “democracia” (otro concepto vacío) en su razonamiento? ¿Qué lugar ocupan las personas y sus experiencias? Me atrevería a decir que ninguno. 

En su libro Triste Tigre (2024), Neige Sinno relata una anécdota que puede servir para entender el problema de la guerra al que me refiero,

A la pregunta de por qué los soldados cometen los peores abusos en los escenarios de conflicto, una vez escuché a un gran historiador de las dos guerras mundiales responder: «Porque pueden». Es una respuesta que puede sonar a nada, pero la dijo con una profunda melancolía, fruto de toda una vida de investigación sobre la guerra, el mal y la violencia. (p. 170)

Aunque Triste Tigre no va de la guerra, sino de la propia experiencia de la autora como víctima de violencia sexual, Neige Sinno hace algunas analogías para articular su experiencia traumática y como intento de comprender lo que pasa por la cabeza de los violadores cuando abusan de una niña o un niño. El libro es una magnífica meditación sobre el mal y el sufrimiento que genera, lo que nos permite abordar la guerra no como un fenómeno de características definidas, similar a la forma en que la ley tipifica los diferentes tipos de violencia sexual, sino como una manifestación del mal, de esa maldad puramente humana que se esconde detrás de justificaciones económicas, políticas, culturales, religiosas e incluso psicológicas.

En un sentido griego y arcaico de la justicia, las familias palestinas, ucranianas y mexicanas que sufren por la industria de la violencia están viviendo algo que simplemente no debería pasar en el orden de las cosas. Sin embargo, está pasando. Transitamos uno de los momentos más horribles para la humanidad, y la mayoría no vivimos ese horror de primera mano. ¿Dónde podemos encontrar alternativas a ese horror? Si la guerra no existe, o al menos el concepto ya no representa nada, dejándonos con el sufrimiento y la violencia en sus más puras y extremas expresiones, ¿dónde podemos buscar las alternativas?

III

Que se me tache de lo que sea, pero creo que la respuesta es dentro de nosotrxs mismxs. Digo esto por la cantidad de acciones que realizan mis congéneres humanxs para buscar y alcanzar la paz, el amor, el cariño, el respeto, la aceptación y la tolerancia; en otras palabras, para formar comunidades humanas que van más allá de obsoletas barreras como lo son la cultura, la religión, la lengua, el dinero y las banderas. Esas personas hacen el bien porque pueden, y sé que de poder hacer el mal, no lo harían. Con esto no estoy defendiendo ninguna idea absoluta sobre la naturaleza humana, no creo que estemos hechos ni para la guerra ni para la paz, pero lo que sí creo es que estamos hechos para el cambio, para cambiar nosotrxs mismxs, cambiar en comunidad y cambiar colectivamente el mundo. Sí, alguna vez fuimos animales y aprendimos a matarnos con piedras y palos para defender dioses y propiedades, luego construimos bombas nucleares para disuadir a nuestros enemigos de usar las suyas, entonces, ¿qué nos impide reconocer ese pasado y aceptar la necesidad de cambiar? En eso consiste la paz, no en una negación de la guerra, sino en cambiar la guerra por la paz.

Creo que si hay una guerra a la que vale la pena prestar atención es a la guerra que se desarrolla dentro de cada unx de nosotrxs. Mucha de la violencia y el sufrimiento que producimos y experimentamos viene de nuestro interior, pero no de una parte animal y primigenia de la que no podemos deshacernos, sino de un trauma colectivo histórico, de la propia decepción que nos hemos causado como humanidad por generaciones al sabernos capaces de darnos una mejor vida y, al mismo tiempo, de negarnos esa posibilidad. Si la guerra se atribuye a cuestiones económicas, políticas, religiosas o culturales, estamos hablando de diferencias obsoletas que fueron importantes durante la adolescencia de la humanidad. Hoy podemos interpretar los delirios sionistas de Netanyahu o los intentos de Putin por anexarse Crimea en nombre de la Madre Rusia como conflictos caprichosos similares a la pelea entre emos y punks de 2008. Una persona madura y en su sano juicio no ofendería a otras por su formación cultural o religiosa, mucho menos se dispondría a causar sufrimiento a una escala similar. Si los emos hubieran acabado con los punks o viceversa, ¿cómo hubiéramos interpretado ese hecho? Como una locura, un acto desquiciado y violento de jóvenes sobre otrxs jóvenes.

Es un asunto complejo, y el contexto de cada persona influye mucho en lo que puede hacerse. Soy consciente de esta complejidad y sé que no puede abordarse en un texto como éste. Sé también que muchxs hacen lo que pueden con lo que tienen, tanto las familias palestinas para sobrevivir, como las muchas personas que veo marchar, donar, escribir y pronunciarse en contra de la crueldad que está llevando a cabo Israel. Mi intención no es individualizar el problema y decir que el sufrimiento del pueblo palestino persiste porque no tomamos medidas contundentes, que al final es similar a decir “tú promueves la guerra contra el narcotráfico por consumir drogas”. La acción individual y egoísta ayuda poco, tenemos que entenderlo. Si hablamos de ayudar como individuxs, lo hacemos sabiendo que nuestra individualidad es parte de la comunidad, la cooperación y la colaboración.

Nuestra colmena no se limita a los límites político-administrativos de la nación que aparece en nuestro pasaporte o acta de nacimiento. La modernidad capitalista global ha hecho que todxs, casi sin excepción, participemos de un mismo modo de vida (véase: El modo imperial de vida (2023) Ulrich Brand y Markus Wissen), aunque esta vida sea muy diferente del lado de quienes trabajan en la fábrica de armas e indirectamente investigan nuevos métodos de sufrimiento, y de quienes experimentan en su cuerpo y alma el producto del trabajo de esos humanos que, también, sólo quieren tener un lugar a donde llegar y comer en compañía de su familia. Si tan sólo un destello de consciencia (o tantita madre, como dicen) en la mente de esos trabajadores y soldados les hiciera ver el sufrimiento y dolor que ocasiona su trabajo, mañana mismo veríamos en huelga las fábricas de armas, balas y combustibles, a los ejércitos, así como a los operadores de trenes, puertos y redes de transporte que ayudan a reproducir el sufrimiento. Habría violencia, seguro, y morirían personas, como siempre pasa, pero el lado bueno es que sin balas en producción, la policía y el ejército no podrían disparar por siempre. En algún momento, el Estado y la sociedad se encontrarían en la plaza, armados con machetes y piedras, para ver cuál será el protagonista del futuro.

Me gustaría poder decir más, ayudar más, pero creo que si en algo puedo contribuir es con ideas. Creo que hay ideas que ya no sirven y la gente insiste en usarlas para representar el mundo, como la guerra. La guerra es una idea podrida que a muchxs, especialmente los hombres, nos educó para ser héroes, sobrevivientes, los últimos en el campo de batalla. Pero la vida ya no es, o no debería ser en el nuevo orden de las cosas, mera supervivencia. Si volteamos atrás, tanto en la escala de nuestro espíritu como a escala global, podemos ver cómo la comunidad, la colaboración y la cooperación son nuestras fortalezas y que es más fácil sobrevivir juntxs. Vivir en paz con lxs demás empieza con un ejercicio de autoconciencia, de reflexión, de verse en lxs demás, de saber que hacerle daño a otrxs es hacerse daño a unx mismx. Las cosas deben cambiar. Debe cambiar el mundo, debemos cambiar nosotrxs, deben cambiar las ideas que usamos para representarnos el mundo, a nosotrxs, nuestros deseos, aspiraciones y rutas de acción para el futuro. 

Escribo esto un día después de que el Ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, básicamente aseguró la destrucción total de Gaza. Mi cabeza no concibe la situación. Veo la noticia de un genocidio en el celular, una continuación de los horrores que llevo años viendo gracias al internet y las redes sociales. ¿Cómo se atreve ese sujeto a decir semejante atrocidad ante todo el mundo? ¿Es estúpido o malvado? ¿Quién le hizo tanto daño? Sin entrar en el juego de espejo de las representaciones técnicas, que si armas, que si tortura o derecho internacional, sólo puedo pensar en el sufrimiento del pueblo palestino. ¿En qué momento nos volvimos tan cínicxs? 

Además de escribir, mi responsabilidad es pensar en qué más puedo hacer. Creo que pensar es responsabilidad de todxs. Tampoco se trata de azotarnos por no detener el genocidio en Palestina desde México, aunque sentir pena por no poder hacer más es indicativo de que somos humanxs. También, cuando digo que pensar es responsabilidad de todxs, me refiero a los soldados israelíes, a los fabricantes de armas, a los que transportan esas armas, a quienes se benefician económica o políticamente de la guerra, a todxs. Quisiera hacer más, y no creo que con pensar y escribir sea suficiente, pero no hay que paralizarse. Mi guerra conmigo mismo es no atreverme a expresar lo que considero está bien o mal. Les deseo a todxs superar ese miedo, volverse conscientes de lo que pueden hacer y tomar acción acorde. Podemos cambiar el mundo, juntxs.


Fuentes directas e indirectas:

Deutsche Welle, "Ministro israelí pide ocupar Gaza e imponer gobierno militar" consultado aquí el 07 de mayo de 2025.

Eriksson, Mikael et al. (2003): «Special Data Feature: Armed Conflict, 1989­2002», Journal of Peace Research, 40(5) en Martínez-Guzmán (2004).

Gallegos, C. (2020) "Guerra, Sociología y Sociología de la Guerra. Revisión teórica y apuntes metodológicos", Revista de Ciencias Sociales (CR), Vol. II, No. 168.

Martínez-Guzmán, V. (2004) "Teorías de la guerra en el contexto político de comienzos del siglo XXI", Filosofía práctica y persona humana, Ediciones Diálogo Filosófico: Salamanca.

Sinno, N. (2024) Triste Tigre, Anagrama: Barcelona.

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