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Tres poemas sobre pájaros

Tres poemas sobre pájaros  I. Cementerio de pájaros El día que te fuiste, los pájaros que viven en mi cabeza escaparon y la casa, oscurecida por el aleteo desesperado de mi mente, se convirtió toda en un mal pensamiento. Tormenta pájaro piedra devoró la luz que doraba tu rostro, los retratos que no te tomé. Intenté nombrar las sombras de mi confusión: le dije cuervo a todo lo negro, buitre a todos los augurios y perlita¹ a los buenos recuerdos. Pasaron años y yo, encerrado en la misma jaula, atrapando pájaros, desmembrando sus sombras para ver si en su interior encontraba algo: una pluma o una migaja de tu cuerpo, una ramita o un susurro del viento que pronunciara tu nombre. Pero no encontré nada,           después de escarbar en el pecho de miles de pájaros, no encontré nada. Tampoco me atreví a dejarlos morir, a todos les regresé las vísceras y las plumas e incluso aproveché mi nuevo conocimiento de sus cuerpos para dejarles adentro un nombre, u...

Una reflexión sobre la masturbación, la depresión y el "yo"

Masturbarse es maravilloso y al mismo tiempo muy interesante. Además de la obvia satisfacción del orgasmo, a mí, cuando menos, me produce una reorganización del libido que se refleja en la forma en que pienso y percibo las cosas. Hace rato, por ejemplo, me sentía bastante triste y estaba dándole vueltas a muchas cosas en mi cabeza, pensaba en otras personas, me comparaba y me sentía despreciable y despreciado. La idea de soledad se transformó en una sensación de rechazo, abandono, indiferencia. Algunos de mis pensamientos derivaban de mi atracción por una chica y la falta de atención y respuestas de su parte, lo que desembocó en una red más grande de escenarios tristes y en una sensación general de desdicha ante mi porvenir y mis posibilidades de cambiarlo. Después de masturbarme, fue como si una parte de mí se descargara, como si mis emociones y pensamientos se ecualizaran. Noté que esa parte estaba muy relacionada con la excitación y, de cierta manera, con la agresividad, con esa ene...

¿De qué hablamos cuando hablamos de guerra?

I La palabra guerra se ha vuelto un concepto vacío. Por mucho tiempo, la guerra representó un conjunto más o menos homogéneo de elementos: naciones o comunidades enfrentaban a sus ejércitos en el campo de batalla en nombre de alguna causa o interés, ya sea político, económico, religioso o cultural. Estos elementos constituyen el imaginario común sobre la guerra, sin embargo, resultan insuficientes para caracterizar la violencia y el sufrimiento que atraviesan el mundo y la humanidad en la actualidad. A lo que voy es, ¿de qué sirve hablar de “guerra” cuando de lo que queremos hablar es del sufrimiento humano? La guerra es un concepto del que se han apropiado las instituciones. Primero las militares, luego las estatales, científicas, económicas y políticas. Al hacer esto, la guerra se dio por hecho, se convirtió en un objeto que nos rebasa y que es casi imposible detener porque se encuentra escondido en las mismas estructuras de la sociedad y en la profundidad de nuestros instintos. ...

Comer ángel

Cuando era niño vi un ángel. Fue en casa de mi abuela, antes de que se lo comieran. Ya casi no se miraban ángeles en esos tiempos. Dicen que dejaron de aparecer porque vieron que los hombres eran muy malos, que no se acabaron, aunque los hayan matado mucho. Yo digo que la gente fue perdiendo la fe y pues empezó a haber menos ángeles. Hoy ya nadie cree en nada y cuando volteas al cielo sólo se ve una desesperanzadora bóveda azul que no anuncia ni ángeles ni lluvia. Mis padres no mencionaron al ángel, dijeron que se trataba de una carne asada en el rancho de mi Nana. No querían que supiera que se trataba de un ángel, tal vez porque pensaron que saber que comería una criatura parecida a un humano podría afectarme. En esa época era bien sabido que la gente mataba ángeles y vendía sus partes como amuletos o ingredientes medicinales y milagrosos. Mi papá tenía una suscripción a National Geographic que yo solía hojear para ver las imágenes. Un día llegó un número donde aparecía una foto de un...

La ciudad donde llovía poco

Había una vez una ciudad pequeña donde siempre que llovía se cancelaban las clases y cesaban la mayoría de las actividades. La lluvia no representaba ningún peligro, aunque podía llegar a serlo cuando se trataba de un huracán. Esas veces las calles de tierra se convertían en arroyos de lodo que eran muy difíciles de cruzar, incluso en carro. La gente de la ciudad no cancelaba sus actividades porque la lluvia fuera peligrosa, al contrario, lo hacía porque llovía tan poco que a lo largo de muchos años se había vuelto costumbre disfrutar de los días lluviosos. Esos días parecía que el tiempo se detenía, como si de la mañana el día pasara directo al anochecer. La gente sacaba sus sillas al patio, a los porches, salían a comprar pan y preparaban café o chocolate sin importarles la hora. Algunas personas mayores rezaban para que la lluvia durara todo el día y que las plantas bebieran a montones, que durara hasta la noche, cuando el sonido del agua los acompañaría en sueños, recordando la pri...