Una reflexión sobre la masturbación, la depresión y el "yo"
Masturbarse es maravilloso y al mismo tiempo muy interesante. Además de la obvia satisfacción del orgasmo, a mí, cuando menos, me produce una reorganización del libido que se refleja en la forma en que pienso y percibo las cosas. Hace rato, por ejemplo, me sentía bastante triste y estaba dándole vueltas a muchas cosas en mi cabeza, pensaba en otras personas, me comparaba y me sentía despreciable y despreciado. La idea de soledad se transformó en una sensación de rechazo, abandono, indiferencia. Algunos de mis pensamientos derivaban de mi atracción por una chica y la falta de atención y respuestas de su parte, lo que desembocó en una red más grande de escenarios tristes y en una sensación general de desdicha ante mi porvenir y mis posibilidades de cambiarlo.
Después de masturbarme, fue como si una parte de mí se descargara, como si mis emociones y pensamientos se ecualizaran. Noté que esa parte estaba muy relacionada con la excitación y, de cierta manera, con la agresividad, con esa energía que para bien o para mal, nos impulsa con violencia en algunas direcciones. En otro nivel reconocí que esa parte también influía mucho en cómo me concebía en relación a lxs demás, y es que mi energía y atención estaban puestas sobre las demás personas: el deseo sexual se fundía con el deseo de atención, de cariño, de compañía.
No sé si llamarle pérdida o satisfacción, pero esa descarga, esa disminución de la energía libidinal me permitió reconocer que mi yo ahí seguía, y que lo que se sentía como una angustiante soledad era sólo una apariencia o espectro mental. Claro, la masturbación no cambia la realidad de mi aislamiento y mi falta de convivencia y comunidad. Lo que pasó es que la abrumadora sensación se convirtió en una ligera consciencia de mi insípida realidad, soportable como un día con mal tiempo. No es que de pronto me haya sentido bien o feliz, pero pude reconocer que mi realidad se limitaba a mi persona. Sigo estando solo, sí, pero eso no me impide hacer cosas. Eso me llevó a escribir este texto, como si afuera lloviera y tuviera que encontrar algo que hacer durante el encierro.
La eyaculación me ayudó a expulsar, además de semen, un exceso de energía que estaba volviéndose en mi contra. No puedo evitar reconocer una especie de contradicción en esto, de ambivalencia o ambigüedad. Masturbarse no tiene nada de malo, me queda claro, incluso es bueno hacerlo, considerando que me permite escapar de los pensamientos crueles, sentirme mejor, pensar y actuar con calma y claridad. Sin embargo, no dejo de percibir una especie de miseria o patetismo en el gesto, como si darme cuenta de los beneficios anímicos de la masturbación al mismo tiempo fuera prueba de lo lejos que estoy de sentirme bien, aunque también podría decir que es lo más próximo que puedo estar de mi bienestar, ya que sucede en mi propio cuerpo y no hay nada más mío ni personal. Lo que quiero señalar con esta dualidad es que quisiera masturbarme por un auténtico deseo sexual, vivir la auténtica satisfacción del placer, no la penosa satisfacción de haber superado una sensación de tristeza, abandono y soledad. Desearía masturbarme porque la vida es excitante, por que la vivo y experimento el deseo, la satisfacción, la compañía, la atracción. Masturbarse esta vez se sintió más como un refugio, como un recurso desesperado, quisiera respetar más ese acto y hacerlo, digamos, por amor, por amor a mí y al placer que me produce estar con otras personas.
Estoy en contra del término post-nut clarity que algunos hombres utilizan en redes para abordar este tema. No me gusta la representación que se hace de la masturbación como una posible herramienta para alcanzar la claridad mental, ni lo que implica esto para las personas que aparecen en nuestras fantasías. Más allá de cualquier fundamento científico puesto en términos biopsicológicos o neuroquímicos, creo que la importancia del fenómeno que describo es que permite entendernos como una relación de pensamientos, sensaciones y cuerpo. Nuestras formas de pensar y actuar están íntimamente vinculadas con el cuerpo y lo que sentimos, aunque no siempre seamos conscientes de ello. En este caso, además de cambiar cómo me sentía, la masturbación me ayudó a volverme consciente de que mis pensamientos no lo eran todo. En las discusiones sobre post-nut clarity se habla mucho de una sensación de desapego (detachment) posterior. Considero que en mi caso, el desapego me ayudó a percibir las sensaciones de abandono y rechazo en algo más firme, más natural, como una especie de punto de partida. Como dije más arriba, la soledad es parte de mi realidad, pero esta no tiene por qué convertirse en un abismo. Es, simplemente, el suelo sobre el que estoy parado y el que debo recorrer para llegar a donde quiero llegar.
Masturbarse es un acto muy bello. Reflexionando sobre ella, es difícil identificar dónde terminan los deseos y comienzan el hastío y la desesperación. Le deseo a cualquiera que se masturbe por deseo, por una descontrolada ilusión que enciende fuegos en su interior y que, si hay desesperación, sea desesperación por aplacar esa excitación punzante por vivir y querer vivir más. Mastúrbate porque sientes, porque quieres sentir más, no porque quieres sentir algo, y si lo haces para sentir algo, ojalá te sirva para ver cómo el yo existe ahí, escondido entre el bienestar conjunto del cuerpo, el deseo y la mente.
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