La ciudad donde llovía poco

Había una vez una ciudad pequeña donde siempre que llovía se cancelaban las clases y cesaban la mayoría de las actividades. La lluvia no representaba ningún peligro, aunque podía llegar a serlo cuando se trataba de un huracán. Esas veces las calles de tierra se convertían en arroyos de lodo que eran muy difíciles de cruzar, incluso en carro. La gente de la ciudad no cancelaba sus actividades porque la lluvia fuera peligrosa, al contrario, lo hacía porque llovía tan poco que a lo largo de muchos años se había vuelto costumbre disfrutar de los días lluviosos.

Esos días parecía que el tiempo se detenía, como si de la mañana el día pasara directo al anochecer. La gente sacaba sus sillas al patio, a los porches, salían a comprar pan y preparaban café o chocolate sin importarles la hora. Algunas personas mayores rezaban para que la lluvia durara todo el día y que las plantas bebieran a montones, que durara hasta la noche, cuando el sonido del agua los acompañaría en sueños, recordando la primera vez que escucharon ese golpeteo en los techos de lámina o las hojas de palmera y salieron a ver las calles lodosas resplandecer bajo el sol.

Un día un señor que no había nacido ni crecido en la ciudad, sino que venía de un lugar donde llovía mucho y la gente estaba acostumbrada a continuar con sus actividades incluso en medio de una tormenta eléctrica, se convirtió en alcalde de la ciudad después de convencer a muchas personas de que él les ayudaría a tener una mejor vida. La gente de la ciudad, que ya vivía bien pero podía imaginarse con unos cuantos problemas menos, votó por él. Uno de los principales problemas que tenía la gente era el agua, pensaban que aunque lloviera poco, esa agua podía aprovecharse de alguna manera.

El señor respondió con sí sí sí a todo lo que le decía la gente y su primer decreto como alcalde fue que ya no se cancelarían las clases ni las actividades por la lluvia: los niños tenían que ir a la escuela y los grandes debían trabajar si querían ser una ciudad rica y sin problemas. Como el señor no había nacido ni crecido en la ciudad, no entendía las costumbres de las personas que sí habían nacido o crecido ahí, las cuales no pudieron responder a los argumentos del alcalde. La gente sabía que la lluvia no les impedía hacer nada, iban a las pocas tiendas que se mantenían abiertas a comprar pan y chocolate e incluso algunas familias salían a la playa o al monte a verlo reverdecer y llenarse de flores que se secarían al día siguiente bajo el sol. Nadie pudo hacerle ver esto al señor que no entendía otra razón que no fuera la suya y así quedó decretado que la lluvia sólo era “agua cayendo del cielo”, el asunto no mereció más atención.

Tardaron meses en que llegara una lluvia. Fue un lunes y la gente estaba feliz que después de tanto calor, una lluvia haría más largo el fin de semana. Ese día por las calles de la ciudad pasó una camioneta con una bocina que le recordaba a la gente que la lluvia sólo era “agua cayendo del cielo” y que nadie debía alterar su rutina por ella. En la radio, la voz del alcalde pronunciaba las mismas palabras y, como no se había visto en décadas, un día lluvioso fue un día repleto de carros, negocios abiertos y personas caminando por el centro. Algunas personas estaban tan poco acostumbradas a tener actividades bajo la lluvia que sólo caminaban mojándose de aquí para allá, sin saber muy bien lo que tenían que hacer.


Pasaron dos años y sólo llovió tres veces, salvo por un huracán salvaje que llegó a dañar muchas casas, calles y tiendas. Aunque en esa ocasión sí se cancelaron las actividades por seguridad, a la gente le costaba disfrutar porque la luz se iba, se cortaban las comunicaciones y todos se la pasaban preocupados por sus seres queridos. Durante esos años ninguna de las lluvias cayó en fin de semana, ni días festivos, ni vacaciones, por lo que la gente tuvo que escuchar a la camioneta pasar repitiendo el mensaje de que la lluvia sólo era “agua cayendo del cielo” y que tenían que salir a trabajar, a la escuela, al gimnasio, etc.

En su tercer año de gobierno, el alcalde se dio cuenta de que las personas del pueblo se veían diferentes. Se veían delgadas, como si estuvieran secándose, se veían apagadas y no parecían hacer nada con entusiasmo o energía. Incluso su esposa e hijo, que sí habían nacido y crecido en la ciudad de poca lluvia, se veían enfermos. El niño se veía seco y por más suero y agua y baños que lo hicieron tomar, su piel no se hidrataba y parecía que podía prenderse fuego si una chispa lo tocaba. La esposa del alcalde no se veía tan seca como el hijo, pero parecía triste y ya casi no le hablaba; su esposo se contentaba con mantenerla en casa, como si fuera una planta, por lo que ella sí había podido recibir con calma la humedad de la lluvia un par de veces.

Pasó otro año y los hospitales estaban tan repletos de niñas y niños secos que parecían campo de zacate en verano. Eran atendidos por doctores igual de secos por no haber disfrutado de la lluvia en años y llenos de tristeza por ver a tanta criatura secarse. Entre los niños se encontraba el hijo del alcalde, que de tanta deshidratación había muerto, dejando sobre la camilla un cuerpo que semejaba más una ramita seca. El alcalde se ensimismó tanto que no escuchó a los médicos que le aconsejaban que permitiera a la gente disfrutar de la lluvia. Incluso su esposa, que no le había dirigido la palabra en mucho tiempo, dejó salir de su boca un murmullo árido con el que quería comunicarle que, o dejaba a la gente disfrutar de la lluvia, o hacía lo que fuera para que lloviera en fin de semana.

El año entrante fue el último del alcalde en el poder. Los hospitales, casas y escuelas estaban vacíos. Toda la gente se había secado, sus cuerpos caían en la calle y como nadie tenía fuerzas para levantarlos, el sol se encargaba de convertirlos en polvo y el viento de esparcirlos por el aire. Las únicas personas que quedaban en la ciudad eran el alcalde y su esposa, que se veía triste y seca como un mezquite, eran sus últimos momentos. Él estaba tan sumergido en sus pensamientos que no se percató del cielo nublado hasta que escuchó las primeras gotas caer. La señora sonrió y su piel pareció recuperar algo de brillo por un segundo, estaba feliz de disfrutar un poco la lluvia por última vez en brazos de su esposo, después de lo cual murió.

El señor que venía de la ciudad de mucha lluvia salió a la calle que empezaba a encharcarse. Ya no quedaba nada ni nadie, no importaba qué día fuera, todos los edificios estaban vacíos y no había niños en las escuelas ni personas trabajando. Su pecho estaba repleto de tristeza, se sentía confundido y no entendía qué había pasado, si la lluvia sólo era un poco de “agua cayendo del cielo”, quería llorar pero no podía porque tenía las lágrimas atoradas. Como ya no tenía nada que hacer, entró a su casa, se preparó un té y salió al porche a contemplar la lluvia. 

La lluvia le ayudó a limpiar la tristeza. Las lágrimas corrían por su cara como la lluvia por los surcos de las hojas de palma y los techos de lámina. Lloró y lloró mientras su cuerpo se hinchaba  como cardón por la frescura del aire y la humedad. Mientras la tristeza corría, sintió que al mismo tiempo algo en él crecía con la lluvia. Se dio cuenta de que esa parte suya era como una planta, que necesitaba crecer, tiempo, escucharla, darle agua. 

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