Comer ángel

Cuando era niño vi un ángel. Fue en casa de mi abuela, antes de que se lo comieran.

Ya casi no se miraban ángeles en esos tiempos. Dicen que dejaron de aparecer porque vieron que los hombres eran muy malos, que no se acabaron, aunque los hayan matado mucho. Yo digo que la gente fue perdiendo la fe y pues empezó a haber menos ángeles. Hoy ya nadie cree en nada y cuando volteas al cielo sólo se ve una desesperanzadora bóveda azul que no anuncia ni ángeles ni lluvia.

Mis padres no mencionaron al ángel, dijeron que se trataba de una carne asada en el rancho de mi Nana. No querían que supiera que se trataba de un ángel, tal vez porque pensaron que saber que comería una criatura parecida a un humano podría afectarme. En esa época era bien sabido que la gente mataba ángeles y vendía sus partes como amuletos o ingredientes medicinales y milagrosos. Mi papá tenía una suscripción a National Geographic que yo solía hojear para ver las imágenes. Un día llegó un número donde aparecía una foto de un hombre sosteniendo un rifle, parado frente a una choza de cuyo techo colgaban decenas de pares de enormes alas emplumadas. Los cuerpos al pie de la choza me recordaron a otra foto en casa de mi abuela donde podía verse a mi difunto abuelo en una playa repleta de caparazones de caguama. Sin saber que sería un ángel lo que comeríamos, sentí que la invitación se recibió con cautela, similar a cuando nos invitaban a comer algo prohibido, como caguama o venado silvestre.

La comida fue en casa de mi Nana Eloi (o Eloísa, pues), en un rancho a unos kilómetros afuera de la ciudad donde vivía con mi tío Mala y mi tía Dulce. Mi tío Mala (o Malaquías, pues) era el más joven de los hermanos de mi madre y no se había casado, por lo que se hacía cargo de lo que alguna vez fue un reconocido rancho lechero y quesero en el que todavía quedaban algunas vacas y chivas con las que se producía suficiente queso para vender localmente como producto regional.

Mi tía Dulce era la más joven de mis tías, había nacido con síndrome de Down y nunca había salido de casa de mi abuela, por lo que se comportaba como una niña pequeña a pesar de rozar la treintena de años. Nana Eloi se desesperaba mucho con lo que hacía mi tía y siempre que íbamos de visita nos tocaba presenciar una escena que terminaba con mi abuela gritando y mi tía Dulce llamando a mi difunto abuelo entre lágrimas y balbuceos. Estas discusiones le pesaban mucho a mi abuela, como supe una vez que me acerqué a su cuarto —el único que tenía televisión— y la encontré rezando, pidiendo perdón a Dios por ser una mala madre con su hija, pidiéndole piedad por la condena de tener que cuidar a una niña que no sabía hablar y que jamás crecería. Naturalmente, cuando mi tío Mala le contó que había conseguido bajar un ángel, Nana Eloi lloró de felicidad como si Dulce de milagro se hubiera librado de su condición.

Llegamos al rancho de mi abuela a eso del medio día. Afuera de la casa, que consistía en una construcción amplia de un piso, una palapa y un cuarto aparte donde se preparaba el queso, estaban los carros de mis tíos y tías. Las carnes asadas solían prepararse a la sombra de un gran mezquite en una esquina del terreno. A través de las ventanas que iban cerradas por el polvo, alcancé ver a mi tío Mala platicando con Juan José, el esposo de mi tía Coni (o Consuelo, pues), un hombre gordo, bonachón y bebedor que comerciaba diversos productos entre los ranchos a lo largo de la península. Mi tío Mala llevaba un mecate colgado al hombro y ambos señalaban diferentes puntos del mezquite por donde podía sostenerse la cuerda. A sus pies había un bulto grande que parecía una persona ovillada, pero al escuchar el carro mis tíos se voltearon para saludar y, en un impulso infantil por evitar ser visto, me recargué en el asiento y no distinguí nada más.

Entramos a la palapa, donde se encontraban tías, tíos, primos y primas. Nana Eloi no se encontraba por ninguna parte y mi tía Coni dijo que se había metido a su cuarto, que estaba muy emocionada y no había parado de dar gracias a Dios por la ocasión de hoy. Mi tía Dulce tampoco estaba, aunque a ella no me importaba saludarla, por alguna razón a ella tampoco le gustaba saludarme y yo agradecía no terminar con baba en mi cachete después de su beso, que era como ella te recibía. Unos minutos más tarde entraron mis tíos Mala y Juan José, que se sentaron a la mesa para contar la historia de cómo habían bajado al ángel. No presté mucha atención, algo dijeron sobre que entre los ranchos se había corrido la voz de un ángel y que muchas personas andaban tras de él, que en la ciudad nadie sabía, que los ángeles casi nunca volaban sobre zonas urbanas, que con las cenizas de las plumas podías hacer no sé qué y que un señor había recuperado la vista después de tragarse entero un ojo crudo. 

Aburrido por el tono que siempre tomaban las conversaciones entre adultos, me senté en una mesa aparte con mis primos y primas, quienes hojeaban revistas de farándula, mientras mis primos discutían de Off Road, algo que a mí no me interesaba. Más aburrido aún, preferí salir a ver las vacas y los chivos en su corral, aunque no alcancé a dar ni un paso en esa dirección, ya que al explorar el acalorado panorama volví a poner mis ojos sobre el mezquite, del cual colgaba al revés una persona desnuda.

Caminé hasta llegar al mezquite y tener al ángel a un par de metros de distancia. Tenía los ojos cerrados y no se movía. Era un ser muy curioso. Le habían cortado las alas, que habían metido en unas bolsas de basura negras por las que asomaban unas plumas. Su sangre era roja como la nuestra, aunque parecía ser muy espesa, y le escurría lentamente desde los muñones de su espalda, pasando por su cara, hasta caer en la tierra, donde había se había formado un charco de lodo oscuro. Podría decirse que era de piel blanca, aunque en realidad se trataba de un tono amarillo muy peculiar, como si emanara una especie de brillo dorado. Me llamaron la atención su falta de ombligo, genitales y pezones, lo que le daba un aspecto artificial o sobrenatural a su cuerpo. Viéndole la cara era imposible decir si se trataba de un macho o hembra, si es que eso del género aplica para los ángeles. Sentí una fuerte sensación eléctrica recorrer mi cuerpo cuando el ángel abrió los ojos y me vio. Eran de un color plata apagado y no parecían reflejar ninguna emoción, ni dolor, ni enojo, ni tristeza. Su mirada me recordó a la de las vacas, entre incauta e inocente, como si no sospechara lo que iba a sucederle o ya se hubiera resignado a su destino. Me balancee sobre mis piernas y la mirada del ángel me siguió unos momentos, antes de volver a cerrar los ojos en lo que parecía ser una pacífica reflexión o un sueño tranquilo.

Una vaga sensación de culpa se apoderó de mí cuando descubrí que entre mis piernas se estaba formando una erección. Mi único acercamiento a la desnudez había sido a través de la guía escolar de biología y el cuerpo del ángel había conseguido provocarme una excitación que apenas empezaba a descubrir. Voltee a mi alrededor para asegurarme de que nadie estaba lo suficientemente cerca como para leer mis pensamientos y me sorprendí al ver a mi tía Dulce detrás de mí. Se había acercado sin hacer ningún ruido y con sus ojos tristes y aletargados contemplaba al ángel en silencio. Un escalofrío intenso recorrió mi espalda cuando escuché un leve murmullo ininteligible provenir del ángel que observaba a Dulce con los ojos bien abiertos, una mirada que reflejaba al mismo tiempo sorpresa y reconocimiento, como si le intrigara la presencia de Dulce, como si supiera que su sacrificio sería en su nombre y eso, de alguna forma, los conectara.

El encuentro entre sus miradas acabó por perturbarme y sentí que lo mejor era que mis padres y mis tíos no creyeran que andaba jugando con el ángel, así que tomé la mano de mi tía Dulce y le dije que fuéramos a la casa por un refresco, pensando en que tendría que convencerla, pero fue innecesario. Como nunca había pasado, mi tía Dulce apretó mi mano y me siguió en silencio, balbuceando en voz baja algunas palabras, entre las que pude reconocer papá, Dios, y te amo mamá. Cuando regresamos a la palapa, mi Nana Eloi ya había salido de su cuarto y se nos quedó viendo cuando entramos. Me dirigí hacia ella para saludarla y excusarme diciendo que había visto a Dulce cargando un refresco y por eso había salido a buscarla, pero cuando me acerqué me saludó con mucho cariño y de muy buen humor, preguntándome si ya había visto la sorpresa que le había conseguido nuestro tío Mala. Le respondí que sí, que la había visto, después de lo cual sujetó mis manos contra su frente y me dio la bendición.

Nana Eloi fue la encargada de degollar al ángel y recoger un poco de su sangre, la cual le hizo beber, no sin gritar ni batallar, a mi tía Dulce. El ángel murió como lo haría cualquier persona colgada y con el pescuezo rebanado: retorciéndose con fuerza, batiendo los muñones donde habían estado sus alas, con los ojos bien abiertos en respuesta al dolor y la vida que le escurría por la garganta. Cuando terminó de desangrarse, su cuerpo perdió todo rastro del brillo que antes emanaba. Mis tíos y tías contemplaban la escena con solemnidad, e incluso un par de ellos lloraron, ya sea por el sacrilegio que implicaba asesinar a un mensajero de Dios o por la vana crueldad del sacrificio que acababan de presenciar. Regresamos a la palapa en lo que mi abuela y el tío Mala destazaban al ángel para prepararlo. Más que una carne asada, lo prepararon a modo de barbacoa, en una cazuela que enterraron y dejaron cocinando hasta el atardecer. 

En lo que se cocinaba el ángel, comimos algo de pizza que trajeron mis tíos. A mí el queso me cayó muy mal, por lo que me fui a recostar en el cuarto de mi abuela —que tenía televisión— y al final no probé la barbacoa. El síndrome de Down de mi tía Dulce no desapareció y mi Nana Eloi murió un mes después. Nadie nunca supo si fue por la decepción de haber matado a un ángel en vano o por el dolor que le provocó despertar la mañana siguiente y ver a Dulce igual. Mi tío Mala vendió el rancho y ahora Dulce vive con mi tía Coni y mi tío Juan José, que se la lleva en sus paseos por los ranchos de la península. 

Nunca volví a ver un ángel ni escuchar de alguien que hubiera visto uno. Hoy en día mis sobrinos no creen esas historias. Fueron bautizados como católicos, pero no creen en los ángeles,  no creen en nada. Yo ya no sé en qué creer, aunque la otra vez me dijeron que vieron varias caguamas desovando en la playa, y eso me pareció un milagro.

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